Presentación de libro (2004)

Retrato de Fran Carriscondo (1996)

Retrato de Emilia Esquivel Sánchez (1996)

Hoja de otoño sobre fresca hierba

Es el verso de un soneto que le dediqué a Luis en 1996 y que luego plasmó en un cuadro que hoy cuelga en el salón de mi casa, junto a mis libros de poemas. Ut pictura poesis; y también Ut poesis pictura. Como la pintura, la poesía; y como la poesía, la pintura. Es una manera de entender mi amistad con Luis: quiso conocerme como el chaval que escribía poemas y yo quise conocerlo como el pintor al que admiraba por sus retratos, por el gris y azul de sus cielos y el verde de sus hierbas.

Lo demás son tertulias en su estudio, hablando de cuadros y de literatura. Podía contemplar in situ el «amable apunte en irisados tules / leve matiz y sacra retentiva». Son otros dos versos del soneto. Podía admirarme de cómo iban gestándose sus encargos y proyectos: paisajes, retratos… el ángel de la parroquia de Guarromán, el luneto del Santuario de la Virgen de la Cabeza, el Resucitado de San Bartolomé de Andújar… y ahora este de «Las campanas de la Virgen», que ya cuelga en las naves de Santa María la Mayor. Luis gentilmente se ofrecía a fotografiarme junto a los bocetos y los cuadros manchados, para una posterioridad que nunca deseé, porque lo que realmente quería ―la contemplación del artista y su obra― era ya un presente que se me brindaba gracias a su amistad. Los proyectos y realidades de antaño (su San Antonio, su Oración del Huerto, los frescos de San Ginés de Madrid, el retrato del Príncipe de Asturias…), sus vivencias y amistades… me los dio a conocer mostrándome sus fotografías, sus memorias de la guerra y la posguerra, pulcramente ilustradas, su conversación placentera de amigo que se confiesa al amigo.

En su viña, junto a la chimenea, pasé una semana espléndida de brumas y de lluvia mientras preparaba la defensa de mi tesis doctoral, que luego, en su publicación, ilustró con aquellos dibujos tan figurativos. Los huevos fritos con tomate del desayuno y el vino del almuerzo; la sobremesa en plácida duermevela; el machaquito de la merienda; la noche precipitada tan de temprano que invitaba al sueño; el amanecer, la sierra y el inmenso mar de olivos y pueblos blancos que se divisa desde el mirador. En nuestras caminatas, de bajada al arroyo, nos acordábamos de la «Meditación de la criolla» o de los Estudios sobre el amor de José Ortega y Gasset, también de su prólogo al libro de El Conde de Yebes, de sus papeles sobre Goya o Velázquez, de su estudio sobre Los toros, o del volumen que nos faltaba de El espectador y que nunca hemos podido conseguir; de La voz a ti debida, de Pedro Salinas; del Retrato de un hombre de pie, de Salvador de Madariaga; del Don Juan de Gregorio Marañón; o de la Lírica de una Atlántida, de Juan Ramón Jiménez…

Me fui a México y su correspondencia es de los más preciosos tesoros que guardo en mi archivo personal. (Guardo más documentos: «Para la historia ―dice él. Para cuando escribas mi historia». Siempre la noble posteridad. Y yo, mientras, deleitado en nuestro presente). Junto a la caligrafía de sus sueños aparecían retratos, dibujos… Meditábamos sobre el océano que nos separaba y nuestro reducto espiritual, la Tebaida de nuestra Sierra. Luego, poco a poco, fuimos descubriendo mi faceta de pintor y la suya como poeta. De la mía, definitivamente, mejor no hablar. De la otra, pude darme cuenta, con la lectura de sus versos, de que el artista ha de ser integral. Si no, no se es. Así, los poemas a Pilar y a su hermano Manolo lo muestran, también, como un gran artífice de la palabra hecha melodía.

No crean por todo ello que estoy pagado de una amistad que ni mucho menos es exclusiva. Porque en el corazón tan grande de Luis tienen cabida muchos más amigos: Luis María, Manuel Vegas… jóvenes y mayores. Aunque en su serena madurez, Luis, el amigo, nunca envejece. Al contrario, es cada vez más joven, y a la vez rejuvenece todo lo que le rodea. No se sorprendan entonces de esta otra versión de mi amistad con Luis: hoja de otoño sobre fresca hierba; él, otoño que tanto quiero de su madurez; y yo, verde hierba, bisoñez que aprende de su experiencia.

Francisco M. Carriscondo Esquivel