
Hoy repaso mi correspondencia con Luis. Me encuentro con una carta, fechada el 22 de enero de 1997, donde me habla de su amigo Pedro Morales, lamentablemente fallecido en aquellos días. Me habla de lo bien que lo pasaba en la Sierra (así, en mayúsculas, por antonomasia), de sus excursiones en barca por el pantano, los amaneceres y las puestas de sol… "En fin –como dice él– mucha felicidad y mucha inspiración para mis cuadros con aquellos agrestes paisajes".
Los amigos, sí, y sus poemas, y sus recuerdos… No nos quedemos sólo en lo iconográfico. Luis era un tesoro que almacenaba joyas de todo tipo. Y de todas ellas dejó constancia, no sólo gráfica, también literaria. Ahí está su impresionante archivo, que poco a poco debería recuperarse, por todo lo que supone, por ejemplo, para la historia de Andújar o para la historia de su peculiar arte, tan personal y, a la vez, universal que no merece quedar relegado en el olvido.
…Pero, por mi parte, sobre todo, por una necesidad moral que tengo hacia el amigo. Me escribe en esta misma carta: "[T]engo tantas cosas que contarte. Porque quiero que sepas muchas cosas mías. […] Espero que tú me recordarás siempre. Ya sabes el trato que hemos hecho delante del cuadrito de la Virgen de la Cabeza que tuve el gusto de regalarte. Que le pidas siempre por mí. Yo lo haré por ti toda mi vida".
¡Y claro que pido por él, todos los días, cuando entro y salgo de casa es lo primero que veo, el cuadrito de la Virgen! Y también pretendo cumplir mi promesa, y dar fe de todas las cosas que me contó (y aún me sigue contando, con la misma voz y la misma sonrisa). Es una necesidad que siento. Y son tantos los flancos: los cuadros, sí; pero muchos más: los poemas (que también escribió), los amigos a los que tanto quiso, su historia en definitiva…
