Se cumplió la promesa…


…Y allí, en el mismo sitio donde Luis y Pilar, a la izquierda de la Fontana, lancé las tres monedas de rigor, acordándome de él, del artista y del amigo. Trevi se mostraba imponente. Cómo nos hubiera gustado compartir este viaje… Cómo he disfrutado del arte y del genio del artista. Dios, que conmoción. Ojalá dure mucho tiempo. Sólo tengo ganas de llorar por la emoción, la misma que me ha embargado todos estos días, trastornado por ese síndrome que llaman de Stendhal y que yo mismo –en mi carne, pero especialmente en mi alma– he podido padecer.

…Y allí, ante la tumba de Rafael, en el Panteón, lloré por Luis, echándolo de menos como estaba, asustado por la inmensidad de la bóveda, esperanzado por el rayo de luz que salía de su centro exacto, iluminándome. "Es la excelencia de los artistas", me dije. Y me acordé de los cipreses, y de la piedra y su epigrafía, porque él era más de la piedra labrada; y yo, en cambio, de la inscrita. De la mitología, de los héroes de la Antigüedad, de todo lo que sustenta nuestra civilización, aun sin saberlo, y que estará siempre ahí, aunque la sociedad actual trate de olvidarlo.

…Y recé ante el pesebre del Niño Jesús en Santa Maria la Maggiore y ante la tumba de San Pablo en su iglesia Fuori le Mura. Y caminé de las catacumbas a la iglesia de Qvo Vadis. Y pude contemplar las grandezas del Imperio, el mismo que llegó hasta la misma Hispania y nos sigue transmitiendo su legado. Siempre, en todo momento, Luis me hablaba: "Mira aquel escorzo, observa la línea recta, el estremecimiento extático de la piedra, la grandiosidad de las cúpulas… Pero, sobre todo, no olvides nada de esto, pues, en cierto modo, servirá para que me sigas recordando".

Jaime de Foxá a Luis Aldehuela (1963)


Luis Aldehuela ha ido como montero de color y la paleta, sorprendiendo por las veredillas casi inaccesibles de sus sierras –de nuestras sierras– de Andújar, ese quehacer escondido de las reses que no conoce siquiera el formal cazador, más habituado a verlas en trances de fuga desarbolada o de la desolada agonía.

De ahí el valor perfumado y recio de su obra, de ahí esa calidad verdinegra o pardoscura de sus tonos. Precisamente, de ese venero de inocentes curiosidades o de fugitivas impertinencias que guiaron su mirada de artista hacia el escondido misterio de los encames y sorprendieron en horas de paz a los grandes venados envaneciéndose con su propia belleza en el perfil de los collados a contraluz, o al jabalí de las bajas tendencias hozando hongos de otoño por la jugosa humedad de los barrancos.

Aldehuela es el hombre de Sierra Morena que dispara con el pincel y con la gracia de las reses de sus montes. En sus cuadros hay un instante plano desvaído que huele a jara y a leña mojada. A esa aromada teología de olores y de brisas que sirve de fondo y encuadra en la silueta gentil de los grandes animales que todavia son –¡y quiera Dios que por muchos años..!– enigma e inquietud de los valles humildes y de los cerros heroicos de Andújar.

Luis Aldehuela caza pintando. Con la misma mágica malicia que captaron nuestros olvidados antecesores la movilidad de las bestias de caza en los ocres y rojos de la prehistoria. Con casi inconfesado fin de perpetuar la imagen desenvuelta de los venados en fuga o pedir al alto Dios de la fecundidad abundancia de piezas en los rastreos del futuro...

Con pincel fino y antiguo, de hombre que ama a la Tierra, a sus frutos vivos, llámense bolillas de madroño, gabatos pintados o granillas amorosas de lentisco.

Luis pinta con hojarasca fresca y tierras recien llovidas, con roca liquida y pieles bañadas en arroyos crecidos. Pinta con esos pocos elementos –aire, fuego, tierra y agua– que Dios necesitó para crear el mundo...

Extracto de la semblanza que Jaime de Foxá hizo en el catálogo de una exposición del artista en el año 1963

Feliz cumpleaños, Luis

Hoy, día 2 de marzo de 2012, Luis habría cumplido 92 años. Allá donde estéis, os pido un recuerdo para que esboce una sonrísa; una oración para que, a su vez, nos recuerde e interceda por nosotros; y que os toméis una copa de manzanilla, bien fresquita, levantada hacia las nubes, para que brinde junto a nosotros con el líquido dorado del sol, al atardecer de este día.

Salve, amigo Luis.