San Bartolomé, cada vez más solo

El barrio, con solera, de San Bartolomé se queda cada vez más solo. Hace unos días acaba de dejarnos uno de sus vecinos más queridos y entrañables, padre del colaborador de este blog, Manuel Barea. Están siendo días muy aciagos para los que disfrutábamos de la compañía, la conversación, el saber hacer y el saber estar de los habitantes de uno de los barrios más antiguos de Andújar. El pueblo va perdiendo poco a poco los testimonios de su grandeza y ya sólo queda desear que las nuevas generaciones sepan coger el testigo que dejan, si es que queremos mantener lo auténtico.

Nunca podré olvidar mis largos paseos a pie desde los Belenes hasta San Bartolomé, donde vivía mi amigo Luis, y también mi amigo Manolo. Recordaré siempre cuándo, al llegar a su calle, reinaba el más hermoso silencio. Ya en casa de mi amigo, esperaba en el impoluto zaguán a que me abriera su madre o su abuela para que me dijeran si estaba en casa o en la mercería; y, en el caso de tener que dirigirme allí, sin duda alguna estaría su padre al otro lado del mostrador, con su porte señorial y con su melifluo seseo al saludarme, al hablar de esto o de aquello…

Amigo Manolo, has heredado de tu padre, desde muy joven, la bonhomía, el cariño y, especialmente para los seguidores de este blog y del tuyo, el gusto por el detalle, por las cosas bien hechas, por esas hermosas costumbres que engalanan a un barrio. Eres seguro y fiel representante de seres extraordinarios como tu padre, o como Luis, el artista a quien dedicamos este blog. Tu conocimiento, que desemboca en generosidad y no en soberbia, servirá para entender mejor las excelencias de esa Andújar de la que procedemos, aunque ya no vivimos, pero sí recordamos.

Un fuerte abrazo de parte de quienes queremos ser como Luis, como tu padre y como tú, Manolo.

1 comentario:

  1. Gracias, querido Fran, por tus palabras. Ayudan mucho en estos momentos. Mis padres solían escuchar misa delante del altar de San Antonio y muchas veces los acompañábamos mis hijas y yo. El otro día, durante el entierro, no pude evitar mirar aquel banco, vacío, y la dulzura del rostro del santo esculpido por el bueno de Luis, al que hace poco tiempo también despedíamos. En casa de mis padres conservan ellos enmarcado el cartel que dibujó para conmemorar el V centenario de la fundación del convento de Mínimas, congregación con la que nos une, ya lo sabes, intensos lazos, monjitas que tañeron su campana cuando el féretro llegó a la altura del cuadro de la Virgen. Como dices: esencias básicas del barrio de San Bartolomé. Solo ansío parecerme a él un poco.

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