Se cumplió la promesa…


…Y allí, en el mismo sitio donde Luis y Pilar, a la izquierda de la Fontana, lancé las tres monedas de rigor, acordándome de él, del artista y del amigo. Trevi se mostraba imponente. Cómo nos hubiera gustado compartir este viaje… Cómo he disfrutado del arte y del genio del artista. Dios, que conmoción. Ojalá dure mucho tiempo. Sólo tengo ganas de llorar por la emoción, la misma que me ha embargado todos estos días, trastornado por ese síndrome que llaman de Stendhal y que yo mismo –en mi carne, pero especialmente en mi alma– he podido padecer.

…Y allí, ante la tumba de Rafael, en el Panteón, lloré por Luis, echándolo de menos como estaba, asustado por la inmensidad de la bóveda, esperanzado por el rayo de luz que salía de su centro exacto, iluminándome. "Es la excelencia de los artistas", me dije. Y me acordé de los cipreses, y de la piedra y su epigrafía, porque él era más de la piedra labrada; y yo, en cambio, de la inscrita. De la mitología, de los héroes de la Antigüedad, de todo lo que sustenta nuestra civilización, aun sin saberlo, y que estará siempre ahí, aunque la sociedad actual trate de olvidarlo.

…Y recé ante el pesebre del Niño Jesús en Santa Maria la Maggiore y ante la tumba de San Pablo en su iglesia Fuori le Mura. Y caminé de las catacumbas a la iglesia de Qvo Vadis. Y pude contemplar las grandezas del Imperio, el mismo que llegó hasta la misma Hispania y nos sigue transmitiendo su legado. Siempre, en todo momento, Luis me hablaba: "Mira aquel escorzo, observa la línea recta, el estremecimiento extático de la piedra, la grandiosidad de las cúpulas… Pero, sobre todo, no olvides nada de esto, pues, en cierto modo, servirá para que me sigas recordando".

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