La Jara

¿Dónde estaría ahora Luis, en estos días tórridos de verano? Sin duda alguna, en su querida viña, La Jara. En la carretera de la Lancha, después de atravesar un endemoniado carril, como un balcón con vistas a la campiña, tenía nuestro amigo su segunda Tebaida y su segundo refugio para pintar, más acorde con su naturaleza de captar la belleza de un paisaje que conocía como nadie.

Allí, con un vaso de güisqui en la mano, solíamos sentarnos para contemplar las estrellas y ver los pueblos que se divisaban. "Fíjate –me decía– parece como si estuviéramos en un barco y delante se divisara todo un océano". Era cierto: de olivos durante el día; de luces durante la noche. Hablábamos y reíamos mientras se cruzaban sobre nuestras cabezas las lágrimas de san Lorenzo.

Qué momentos más fantásticos los vividos en esa viña, durante el verano, sí, pero especialmente en el invierno. Cómo recuerdo sus huevos fritos con vinagre, ajos y tomate para desayunar. Su copita de vino al mediodía, la siesta de la sobremesa y todo, siempre, acompañado del fuego del hogar, con la chimenea que imitaba unos troncos de árbol y su ciervo majestuoso al frente.

Nos íbamos a dormir muy temprano sólo para ver la espectacular amanecida de cada día. Allí preparé mi tesis doctoral, en aquel tiempo en que Luis y Pilar, ya algo mayores, tuvieron la valentía de irse a vivir a la viña mientras preparaban su nueva casa en Andújar. Yo tenía que madrugar mucho para irme a Jaén o a Málaga, pero recuerdo aquellos madrugones como los más gustosos que he gozado.

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