El pasado 4 de noviembre nos dejó en Granada el singular artista, pintor y escultor, Luis Aldehuela Gómez. Resulta imposible desgranar aquí todo su currículum. Una síntesis puede consultarse en el controvertido, pero no menos útil, Diccionario biográfico español (2011) de la Real Academia de la Historia, donde se puede comprobar la adscripción del autor a una generación de artistas, como Antonio González Orea o Francisco Baños Martos, que representan lo mejor de lo que se ha producido, dentro de las artes plásticas, en la Andalucía oriental de la segunda mitad del siglo XX. Los historiadores de estas disciplinas deberían acercarse a su figura con más atención, pero si excelente es la calidad artística, mayor fue la calidez humana, y quizás esta última –con su exilio adrede, fuera de los grandes circuitos culturales, inmerso como estaba en los escenarios que siempre quiso pintar– le impidió alcanzar la merecida nombradía. Parafraseando al insigne autor de El Gatopardo (1958), solía decirme que le gustaría que todo el mundo supiera quién fue, es y será Luis Aldehuela. Y he aquí que, como fiel testigo de quién es, pretendo erigirme en portavoz de lo que fue y sentar las bases de lo que será.
Ante todo, el artista fue un pionero, con una valentía en su deseo de innovar que ya le venía en los genes. De hecho, su padre, Manuel Aldehuela Palomino, se dedicó al arriesgado oficio de pintor escenógrafo, diseñando y elaborando los escenarios a petición de las compañías teatrales, que venían por Despeñaperros a esta parte de Andalucía, para sus representaciones. Y más tarde, ya culminada su formación en la sevillana Escuela de Artes y Oficios y en la madrileña Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando, decide innovar en materia pictórica mediante la captación de la naturaleza viva, en movimiento: la de las escenas de caza, pero no la de la presa cobrada, sino la del lance violento, el agarre y la batida. Y no se crean que su decisión fue fruto de una sesuda y académica reflexión. Todo lo contrario: fue, más bien, al calor de una lumbre, en su viña de Sierra Morena, limpiando las piezas cazadas con su perro Terry, con las primeras lluvias que auguraban el otoño y la berrea de los ciervos: «Pintar es cazar la belleza», el lema que le acompañó todo el tiempo y que, para más solemnidad, se lo traduje al latín y lo colocó en el pórtico de su estudio: Pingere pulchrum venari est.
Lo cuenta en su libro Los últimos que fuimos a la guerra (2007), una obra que merece mayor difusión por cuanto que constituye un valioso testimonio, ajeno a cualquier pretensión partidista o posicionamiento político, de lo que aconteció en el sur granadino durante la cruenta Guerra Civil Española. Y, además, por reflejar a la perfección quién fue y es Luis Aldehuela. En lo que se refiere a lo que será, el propio artista cedió el testigo. Recuerdo con nostalgia cómo insistía en brindarme apuntes, copias de textos, de fotografías: «Ten, para el archivo», solía decirme. El único estudio serio sobre su obra permanece inédito, presentado por Francisco Amengual como trabajo fin de carrera en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Granada. Aún no se ha realizado la catalogación de toda su obra. Y el Ayuntamiento de Andújar, lugar que le vio nacer, no debería conformarse con haberlo nombrado Hijo Predilecto de la ciudad y dedicado una calle. Tendría que colaborar con sus familiares para la creación de una fundación que sirva de depositaria y difusora de todo su legado material, pues del sentimental ya nos ocupamos quienes lo conocimos.
Francisco M. Carriscondo Esquivel
(publicado en la sección «Opinión», del diario Ideal, 06.11.11)
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